El catolicismo romano sufrió, pues, la conmoción de Europa. Las ideologías de la U.R.S.S. y de los Estados Unidos lo penetraron al mismo tiempo que penetraron en Europa. ¿Por qué milagro habría de resultar inmune?
La ideología de la U.R.S.S. era el comunismo ateo. En tanto que comunista, servía de vehículo al sentido de lo colectivo, lo comunitario, lo colegiado. Son nociones católicas, pero dentro de otro enfoque, de otra filosofía, de otra doctrina. Las nociones católicas estaban, pues, destinadas a izquierdizarse en contacto con nociones soviéticas. A eso se llegó, en todos los terrenos, en todas las etapas. Resultaba tanto más fatal por cuanto
el comunismo, en muchos aspectos, había copiado al catolicismo.
Era una especie de catolicismo invertido. Pío XI, al declararlo intrínsecamente perverso, decía que es
"una falsificación de la redención de los hombres". Pero e
s también una falsificación de la Iglesia. Resulta fácil dejarse llevar por las imitaciones, sobre todo cuando ellas pueden jactarse de un poderío técnico extraordinario. Los católicos, sensibles a la condena de la ganancia, admiraron la dirección colegiada de una sociedad tan vigorosa. ¿Por qué no dar a la Iglesia una dirección colegiada? ¿Y por qué la condena evangélica de Mammon no se explicitaría más claramente en la condena del capitalismo, identificado con la civilización occidental? En una palabra,
el embeleco del comunismo ha sido tan grande que hemos visto a la Iglesia volverse comunitaria y colegiada de la base a la cumbre, hemos visto el marxismo convertirse en una especie de segunda doctrina social de la Iglesia, hemos visto al sindicalismo cristiano librarse de un epíteto vergonzante para abrazar mejor la lucha de clases, hemos visto a la burocracia y la tecnocracia florecer como en la U.R.S.S. siguiendo las huellas de la colegialidad, hemos visto la revisión de la vida expandirse según el modelo de la autocrítica, hemos visto el movimiento policial "Pax" ensalzado hasta las nubes por la prensa católica oficiosa contra el cardenal Wyzsinsky, hemos visto... ¡qué no hemos visto y vemos día tras día! Hasta en la liturgia, en la cual la misa, para tener más sello de comunitaria, debería inspirarse un poco en el fervor comunista.
En tanto que atea, la ideología comunista se abría paso de ese modo en las conciencias católicas. Si un país que manda cohetes a la luna nos dice que no hay Dios, ¿cómo creer que existe uno? Por lo menos, debe ser muy diferente del Dios de los cristianos. Grave problema sobre el cual los teólogos se inclinan un poco más cada día.
En cuanto a la ideología norteamericana, fue el liberalismo protestante. Admitía al Dios de los cristianos.
Admite todos los dioses. Es el Panteón. El Dios de los católicos nunca se acomodó en el Panteón. ¿Rechazaría la libertad? Norteamérica nos traía la libertad religiosa, y, ya que queríamos ser cristianos, el liberalismo protestante.
Ese liberalismo fue tanto mejor acogido cuanto que el protestantismo ya se hallaba fuertemente arraigado en Europa: en Inglaterra, en los países nórdicos, en Alemania y en una parte de Francia. Por la vía del ecumenismo, pues, el protestantismo ha penetrado por la fuerza en el catolicismo. Hace más de dos siglos Montesquieu decía:
"La religión católica destruirá a la religión protestante, y luego los católicos se volverán protestantes". La primera parte de su predicción resultó inútil.
Los católicos se volvieron directamente protestantes. Por lo menos tomaron del protestantismo todo lo que no afectaba directamente al dogma.
El primer signo de la protestantización fue el abandono de la sotana por los sacerdotes. Con todo acierto el traje civil se llamó
clergyman. Era confesar cándidamente la importación inglesa y norteamericana. Pero a ese signo exterior se sumaron enseguida signos más sensibles y más cercanos a la vida íntima del catolicismo.
La liturgia, sobre todo, se vio invadida por los ritos, las costumbres y las ideas del protestantismo: lengua vulgar, primacía de la palabra, despojo de las iglesias, etc. Paralelamente la teología católica abrió amplias puertas a la teología protestante, primero a la de Lutero, que se convirtió en una suerte de padre de la Iglesia, y luego a la de los modernos, alemanes sobre todo, pero también ingleses y norteamericanos. No se habla más que de Barth, de Bultmann, de Bonhoeffer, de Robinson, de Tillich, en un extraordinario arco iris de ideas que van desde un cristianismo muy cierto hasta el ateísmo puro pasando por todas las fantasías y todas las imaginaciones de cualquier intérprete a su manera de la Biblia o de cualquier fundador de una nueva religión.
Se hubiera podido pensar que la influencia soviética y la influencia norteamericana se neutralizarían parcialmente, dada la aparente oposición de la U.R.S.S. con los Estados Unidos. Pero esa oposición es más bien una rivalidad que se refiere a las formas de la vida política y económica. Por cierto que no es posible identificar a los dos países, pero su filosofía profunda es la misma, por lo menos en cuanto a ser un humanismo democrático.
Humanismo ateo en la U.R.S.S., humanismo deísta en los EE.UU.; pero ya Pascal destacaba la semejanza que existe entre el ateísmo y el deísmo sin dogmas. En realidad, entre el materialismo que profesa el ateísmo soviético y el materialismo latente del deísmo norteamericano hay afinidades profundas. El común denominador de sus religiones respectivas es un antropocentrismo caracterizado que se halla en oposición radical con el teocentrismo católico. Una misma doctrina de la inmanencia subyace ese antropocentrismo frente al trascendentalismo cristiano. Teilhard de Chardin simboliza la convergencia de las corrientes soviética y norteamericana. Su monismo inmanentista se aviene con el ateísmo de aquéllas y el deísmo de éstas. Basta cambiar el rótulo del frasco para que el contenido resulte aceptable a los unos y a los otros. Y ese contenido, en razón del rótulo original del autor, parece convenirles a los mismos católicos. En esa confusión estamos inmersos.
Intervino el Concilio, cuyo fin, proclamado por Juan XXIII, era proceder al
aggiornamento de la Iglesia, es decir, situarla con referencia a las corrientes nuevas para definirse nuevamente con respecto a ellas y retener de las mismas lo que pudiese ser retenido.
Con tal propósito se prepararon una cantidad de textos que debían ser discutidos por los Padres conciliares.
Ya se sabe lo que ocurrió. Desde la primera sesión, del 13 de octubre de 1962, el
cardenal Liénart hizo votar una moción para lograr un plazo de reflexión y de concertación entre grupos de obispos. Los alemanes, los holandeses, los belgas y los franceses se pusieron de acuerdo para presentar listas de relatores preparadas desde tiempo atrás. Consiguieron imponerlas sin mayores dificultades y asumieron la dirección del Concilio.
Para evitar el choque con definiciones dogmáticas, se declaró que el Concilio sería esencialmente
"pastoral" y se comenzó por la liturgia.
Lex orandi, lex credendi. Con la modificación de los ritos resultaba fácil introducir cambios de mentalidad sin suscitar problemas atinentes a la fe.
En lo que respecta a la misa, se disponía de cuatro siglos de trabajos preparatorios: los del luteranismo, los del calvinismo, los del anglicanismo y los del jansenismo, que habían hallado su expresión atenuada en 1786 en el sínodo de Pistoia.
La bula de Pío VI, Auctorem fidei, condenó las proposiciones del sínodo el 28 de agosto de 1794. Pero en 1962 había llegado la hora. A la luz del protestantismo anglosajón y del comunismo soviético —los triunfadores de la gran guerra—
resultaría posible, por fin, consagrar la obra de los precursores sin poner sobre el tapete al Concilio de Trento. Se iniciaba el asedio de la Misa.
A CONTINUACIÓN... Sección II - El abandono del latín
"Para evitar el choque con definiciones dogmáticas, se declaró que el Concilio sería esencialmente
"pastoral" y se comenzó por la liturgia.
Lex orandi, lex credendi. Con la modificación de los ritos resultaba fácil introducir cambios de mentalidad sin suscitar problemas atinentes a la fe".