Herejías y errores advertidos en la Gaudium et Spes (Vaticano II)
Publié : mer. 16 nov. 2022 13:16
La “Constitución Pastoral Gaudium et Spes, sobre la Iglesia en el mundo actual' fue aprobada al final del Concilio Vaticano II (diciembre de 1965). Era un texto concebido, como su propio título reconoce, para fijar las nuevas relaciones de la Iglesia hacia el mundo moderno, impartiendo a éste su bendición y reinterpretarlo conforme a dicho Concilio.
Aunque obviamente, el hecho significaba que la cosmovisión moderna había contagiado ya las altas alturas eclesiales; era una rendición en toda regla frente al magisterio anterior y de sometimiento sumiso a las directrices filo-masónicas provenientes de los vencedores de la segunda guerra mundial que gobernaban implacablemente desde la ONU.
Su origen remoto data de diciembre de 1962, finalizando la I sesión del Vaticano II que dio definitivo carpetazo al Concilio ortodoxamente preparado para otro nuevo que recomenzaría al año siguiente: el que conocemos como tal, pero ya adaptado a las directrices modernistas que postulaban los nuevos amos de la Iglesia, simples marionetas de los poderosos del mundo.
El discurso del Cardenal Suenens, en diciembre de 1962, mandaba "estructurar el Concilio sobre dos ejes: la Iglesia “ad intra” (que se plasmó en la Lumen Gentium’, principalmente) y la Iglesia "ad extra"...
Para la Iglesia “ad extra”, Juan XXIII mandó entonces al propio Suenens, presidir una Comisión, que elaboró durante tres años y en sucesivos esquemas, el texto que finalmente se aprobará como ‘Gaudium et Spes’, al final del Concilio.
Es un larguísimo texto que insiste machaconamente sobre "dignidad humana", fraternidad de los hombres, la herética "libertad de conciencia" ya nada menos que como "derecho humano" (¡¡), el "diálogo" con todos los hombres y que relegaba a Dios a un segundísimo plano, etc.
Son de destacar las críticas que tuvo en materia de matrimonio y procreación (la novísima y escandalosa "paternidad responsable": o sea, libre decisión sobre el número de hijos, “métodos de control”, etc.) que recibió de muchos obispos decentes durante su elaboración y aprobación, dado que contrariaba la tradicional doctrina de la Iglesia.
(Así, por ejemplo, decía el Cardenal Ruffini: “¡¡Prima los fines secundarios del matrimonio ¡¡aun a costa de evitar la procreación!!”
El Cardenal Ottaviani: ¡Es inaudito que la Iglesia insinúe la posibilidad de dejar a los padres fijar el número de hijos!”
Y el español Mons. Muñoyerro: “¡¡No habla del fin primario del matrimonio (la prole), y recae en errores ya condenados!!” )
Otra novedad era la comprensión por la Iglesia del ateísmo: la inaudita y escandalosa “reunión de Salzburgo” (Austria) "entre cristianos y marxistas" de por entonces (verano de 1965), influirá en la Gaudium et Spes. Con total desvergüenza, allí se llegó a pedir
“descubrir en los ateos sus causas de negación de Dios... con seriedad y profundidad”,
pedido que recogerá el texto conciliar (GS, 21) ... contrariando a la Palabra divina que afirma que todo ateísmo proviene de perversión o apostasía espiritual.
Destaca también su Capítulo IV "La vida en la comunidad política" en que repite las nuevas consignas democráticas de Juan XXIII en su 'Pacem in Terris' de 1963 (“Derechos” humanos, separación de poderes, la Iglesia al margen de los poderes terrenales, etc).
Reseñable sobre ello es el art. 76 por la triste repercusión que llegaría a tener sobre el gobierno de España, desde 1965 hasta 1975:
Puede la Iglesia siempre y en todas partes… sin traba alguna dar su juicio moral sobre el orden político cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona...
Artículo decisivo, pues en él radicarían las críticas de los obispos y Conferencia episcopal española al Régimen del 18 de Julio (Franco), justificando y colaborando con la subversión... marxista, convirtiendo en deporte habitual despotricar contra el Régimen en homilías, charlas, escritos... con impunidad.
Pasado un tiempo (años 70) el Régimen de Franco se defendería hasta cierto punto... frente a párrocos de poca monta ("homilías multadas"...) esquivando la impunidad que ofrecía el Concordato a los clérigos frente al abuso que de él hacían.
En conjunto, el texto es “buenista”, empalagoso y tibio en exceso; camuflados entre palabras biensonantes y halagadoras laten un total olvido de Dios, de la Ley Divina (sustituida por la "conciencia" individual) y, sobre todo, del infierno (ni una sola vez es mencionado). Entre tal torrente de palabrería aparentemente normal, los gravísimos errores pasaron inadvertidos para el lector no prevenido; muchos de ellos se encuentran en frases redactadas en sentido ambiguo para hacerlas digeribles que vienen a decir lo contrario que el Magisterio milenario.
Los poquísimos críticos (curiosamente de países con tradición anticlerical: Francia-con J. Ousset, J. Madiran, el abbé de Nantes...- y Méjico -P. Saenz de Arriaga...) hubieron de hacerlo en publicaciones al margen de la Iglesia, siendo ridiculizados como ultras, integristas y trasnochados, haciendo sorprendente coro común contra ellos de marxistas y obispos.
En la España aún 100% clerical de los años 60 ni hubo ni se esperó, obviamente, un mínimo atisbo de crítica.
El episcopado español, aun mayoritariamente “franquista” en 1965 y 1966, no apuró las consecuencias políticas prácticas de la Gaudium et Spes: se mantuvo a la expectativa. Sin embargo, poco a poco, los nuevos obispos que sucedían a los “franquistas”, que por ley inexorable iban falleciendo, se animaban del espíritu contestatario que les llegaba de Iberoamérica, Francia...y sobre todo, de las veladas intrigas antifranquistas de Pablo VI para precipitar el cambio político, desde 1967, cuando envió a España al nuncio Dadaglio.
Para empeorar las cosas y sepultar críticas tradicionalistas al Concilio, obispos "ultras" del tipo de mons. Guerra Campos (con la mejor voluntad, por supuesto) minimizaban y disimulaban el nefasto impacto religioso, interpretando el revolucionario texto conciliar (mejor, a todos ellos) como compatible nada menos que con el Régimen de Franco y con el Magisterio eclesiástico anterior, haciendo así ininteligibles en España las críticas (p. ej. de un mons Lefebvre) al Vaticano II.
Aunque obviamente, el hecho significaba que la cosmovisión moderna había contagiado ya las altas alturas eclesiales; era una rendición en toda regla frente al magisterio anterior y de sometimiento sumiso a las directrices filo-masónicas provenientes de los vencedores de la segunda guerra mundial que gobernaban implacablemente desde la ONU.
Su origen remoto data de diciembre de 1962, finalizando la I sesión del Vaticano II que dio definitivo carpetazo al Concilio ortodoxamente preparado para otro nuevo que recomenzaría al año siguiente: el que conocemos como tal, pero ya adaptado a las directrices modernistas que postulaban los nuevos amos de la Iglesia, simples marionetas de los poderosos del mundo.
El discurso del Cardenal Suenens, en diciembre de 1962, mandaba "estructurar el Concilio sobre dos ejes: la Iglesia “ad intra” (que se plasmó en la Lumen Gentium’, principalmente) y la Iglesia "ad extra"...
Para la Iglesia “ad extra”, Juan XXIII mandó entonces al propio Suenens, presidir una Comisión, que elaboró durante tres años y en sucesivos esquemas, el texto que finalmente se aprobará como ‘Gaudium et Spes’, al final del Concilio.
Es un larguísimo texto que insiste machaconamente sobre "dignidad humana", fraternidad de los hombres, la herética "libertad de conciencia" ya nada menos que como "derecho humano" (¡¡), el "diálogo" con todos los hombres y que relegaba a Dios a un segundísimo plano, etc.
Son de destacar las críticas que tuvo en materia de matrimonio y procreación (la novísima y escandalosa "paternidad responsable": o sea, libre decisión sobre el número de hijos, “métodos de control”, etc.) que recibió de muchos obispos decentes durante su elaboración y aprobación, dado que contrariaba la tradicional doctrina de la Iglesia.
(Así, por ejemplo, decía el Cardenal Ruffini: “¡¡Prima los fines secundarios del matrimonio ¡¡aun a costa de evitar la procreación!!”
El Cardenal Ottaviani: ¡Es inaudito que la Iglesia insinúe la posibilidad de dejar a los padres fijar el número de hijos!”
Y el español Mons. Muñoyerro: “¡¡No habla del fin primario del matrimonio (la prole), y recae en errores ya condenados!!” )
Otra novedad era la comprensión por la Iglesia del ateísmo: la inaudita y escandalosa “reunión de Salzburgo” (Austria) "entre cristianos y marxistas" de por entonces (verano de 1965), influirá en la Gaudium et Spes. Con total desvergüenza, allí se llegó a pedir
“descubrir en los ateos sus causas de negación de Dios... con seriedad y profundidad”,
pedido que recogerá el texto conciliar (GS, 21) ... contrariando a la Palabra divina que afirma que todo ateísmo proviene de perversión o apostasía espiritual.
Destaca también su Capítulo IV "La vida en la comunidad política" en que repite las nuevas consignas democráticas de Juan XXIII en su 'Pacem in Terris' de 1963 (“Derechos” humanos, separación de poderes, la Iglesia al margen de los poderes terrenales, etc).
Reseñable sobre ello es el art. 76 por la triste repercusión que llegaría a tener sobre el gobierno de España, desde 1965 hasta 1975:
Puede la Iglesia siempre y en todas partes… sin traba alguna dar su juicio moral sobre el orden político cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona...
Artículo decisivo, pues en él radicarían las críticas de los obispos y Conferencia episcopal española al Régimen del 18 de Julio (Franco), justificando y colaborando con la subversión... marxista, convirtiendo en deporte habitual despotricar contra el Régimen en homilías, charlas, escritos... con impunidad.
Pasado un tiempo (años 70) el Régimen de Franco se defendería hasta cierto punto... frente a párrocos de poca monta ("homilías multadas"...) esquivando la impunidad que ofrecía el Concordato a los clérigos frente al abuso que de él hacían.
En conjunto, el texto es “buenista”, empalagoso y tibio en exceso; camuflados entre palabras biensonantes y halagadoras laten un total olvido de Dios, de la Ley Divina (sustituida por la "conciencia" individual) y, sobre todo, del infierno (ni una sola vez es mencionado). Entre tal torrente de palabrería aparentemente normal, los gravísimos errores pasaron inadvertidos para el lector no prevenido; muchos de ellos se encuentran en frases redactadas en sentido ambiguo para hacerlas digeribles que vienen a decir lo contrario que el Magisterio milenario.
Los poquísimos críticos (curiosamente de países con tradición anticlerical: Francia-con J. Ousset, J. Madiran, el abbé de Nantes...- y Méjico -P. Saenz de Arriaga...) hubieron de hacerlo en publicaciones al margen de la Iglesia, siendo ridiculizados como ultras, integristas y trasnochados, haciendo sorprendente coro común contra ellos de marxistas y obispos.
En la España aún 100% clerical de los años 60 ni hubo ni se esperó, obviamente, un mínimo atisbo de crítica.
El episcopado español, aun mayoritariamente “franquista” en 1965 y 1966, no apuró las consecuencias políticas prácticas de la Gaudium et Spes: se mantuvo a la expectativa. Sin embargo, poco a poco, los nuevos obispos que sucedían a los “franquistas”, que por ley inexorable iban falleciendo, se animaban del espíritu contestatario que les llegaba de Iberoamérica, Francia...y sobre todo, de las veladas intrigas antifranquistas de Pablo VI para precipitar el cambio político, desde 1967, cuando envió a España al nuncio Dadaglio.
Para empeorar las cosas y sepultar críticas tradicionalistas al Concilio, obispos "ultras" del tipo de mons. Guerra Campos (con la mejor voluntad, por supuesto) minimizaban y disimulaban el nefasto impacto religioso, interpretando el revolucionario texto conciliar (mejor, a todos ellos) como compatible nada menos que con el Régimen de Franco y con el Magisterio eclesiástico anterior, haciendo así ininteligibles en España las críticas (p. ej. de un mons Lefebvre) al Vaticano II.